
Por Esteban Kiper *
El aumento de los precios de alguno de los bienes que integran la canasta básica alimentaria a principios de 2010 incrementó las expectativas de inflación y puso nuevamente las miradas sobre la política cambiaria. ¿Cómo debería abordarse el manejo de la política cambiaria en un contexto de crecientes expectativas de inflación? ¿Debería funcionar como ancla nominal? ¿O se debería seguir privilegiando el objetivo de competitividad cambiaria?
El rol del tipo de cambio como instrumento de control de la inflación ha sido puesto a prueba durante la década de los noventa y, si bien la experiencia no es comparable por el orden de magnitud del problema, puede ser de utilidad para trazar algunos hechos estilizados. La estrategia de fijar el tipo de cambio demostró ser efectiva para contrarrestar los procesos hiperinflacionarios. Sin embargo, en la transición hacia la estabilidad de precios siguieron registrándose aumentos. Un año después del lanzamiento del plan de convertibilidad la inflación era aún superior al 20 por ciento anual, y dos años después mayor al 10 por ciento anual. La fijación cambiaria y el incremento residual de los precios provocaron una seria apreciación del tipo de cambio real que se tradujo en el deterioro del balance comercial, un aumento de la vulnerabilidad externa, la destrucción de buena parte del entramado industrial y el incremento de la desocupación.
Esta experiencia histórica permite hipotetizar que apelar a la fijación del tipo de cambio como herramienta antiinflacionaria podría ser poco efectivo en el corto plazo, y redundar en un atraso cambiario mayor al proyectado. Se atentaría así contra el incipiente proceso de diversificación productiva engendrado al calor de régimen de tipo de cambio competitivo y se podría resentir la creación de empleo en el mediano plazo por la pérdida de competitividad de sectores sensibles al tipo de cambio.
A contramano, la concepción que da prioridad al sostenimiento de la competitividad indica que se debería acompañar el incremento de los precios de incrementos proporcionales en el tipo de cambio nominal, de manera tal de evitar el atraso cambiario. Este abordaje también tiene algunos problemas. En primer lugar, aumentos en el tipo de cambio nominal, si no son compensados por aumentos en las retenciones, compensaciones y subsidios, inducen incrementos en los precios de los bienes transables y provocan el deterioro de los salarios reales –que afecta con diferente intensidad a los distintos estratos asalariados según su fuerza de negociación–. En segundo lugar, si los trabajadores con mayor fortaleza negociadora logran cubrirse plenamente de la inflación subiendo sus salarios, y no existe forma de controlar la evolución de los márgenes empresarios, es probable que la suba del tipo de cambio espiralice la dinámica de los precios corriéndose el riesgo de indexar la economía y que una inflación manejable, como la que se observa actualmente, se torne de difícil tratamiento por la potencial espiralización de cualquier shock adverso.
Una estrategia alternativa a estas soluciones de esquina podría consistir en compensar sólo parcialmente los incrementos de precios con aumentos del tipo de cambio nominal, dejando apreciar levemente el tipo de cambio real, tal como ha venido sucediendo en los últimos años. La tolerancia por parte del Banco Central a cierto retraso cambiario podría aportar algún anclaje a las expectativas de inflación y permitiría promover acuerdos de precios y salarios sustentables.
La heterogeneidad estructural sugiere que un moderado retraso cambiario no afecta la viabilidad de los sectores más competitivos, mientras que para garantizar la viabilidad de los rubros más sensibles al tipo de cambio real debería apostarse a diversificar los mecanismos protectivos y/o los estímulos –como las licencias, los acuerdos de comercio administrado, el acceso a financiamiento a tasas preferenciales, etcétera–.
Finalmente es esperable que, siguiendo cualquiera de las estrategias analizadas las subas de precios (ya sean residuales, provocadas por la indexación de la economía o por depreciaciones parciales) tengan efectos distributivos regresivos, ya que los sectores más desprotegidos siempre tienen menos posibilidades de defender sus ingresos reales. Sería conveniente en consecuencia evaluar la implementación de mecanismos para proteger a esos sectores. Una alternativa podría ser aplicar un mecanismo de ajuste sobre el ingreso universal a la niñez similar al que rige sobre las jubilaciones (que contempla el incremento de los recursos tributarios). La búsqueda de soluciones al problema que representa la inflación no debe abandonarse, pero dado que los resultados nunca son inmediatos sería importante garantizar la protección de aquellos sectores que terminan sufriendo más crudamente sus consecuencias.
* Economista-AEDA.



